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    Jueves | 1 Oct, 2026, 10:36

    Morelia a 45 años del Primer Festival Internacional de Poesía

    Los poetas que concurrieron al festival bajo el rigor de la «Poesía joven de México» encarnan un horizonte de tránsito: una frontera temporal donde las voces o bien hallaron su confirmación nacional, o bien se diluyeron en los márgenes de la memoria

    (Tercera y última parte)

    Rafael Calderón, colaborador La Voz de Michoacán

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    III

    Poesía joven de México

    Los poetas que concurrieron al festival bajo el rigor de la «Poesía joven de México» encarnan un horizonte de tránsito: una frontera temporal donde las voces o bien hallaron su confirmación nacional, o bien se diluyeron en los márgenes de la memoria. Este apartado, integrado por Hilda Bautista, Hermann Bellinghausen, Alberto Blanco, Coral Bracho, Sandro Cohen, Eduardo Langagne, Víctor Manuel Mendiola, Francisco Segovia, Francisco Serrano, Mario del Valle y Verónica Volkow, debe leerse como un laboratorio casi secreto donde la tradición mexicana de fin de siglo ensayó sus rupturas más perdurables. Si las voces fundacionales representaban el peso de un filo tallado, este coro trajo a Morelia el agua viva, el pulso urbano y el cuestionamiento del lenguaje como materia sagrada pero maleable. En su acoplamiento temporal, capturaron el instante en que la vanguardia mudaba de piel para fundar una nueva transparencia.

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    La exploración de esta geografía resulta fascinante a la distancia. Comienza con la apertura hacia lo flexible y lo sagrado cotidiano: un puente donde la palabra dialoga con la mirada y la música del verso. Alberto Blanco comparece desde una poética de la transfiguración visual y el viaje interior, donde el poema opera como lienzo lúdico o partitura mística que busca la revelación en los objetos más simples. En íntima cercanía, Coral Bracho estalla como una de las voces más deslumbrantes; su verso no nombra las cosas, sino que las inunda mediante un erotismo acuático, una marea de texturas y transparencias donde la percepción se vuelve vibración sensorial y el lenguaje rechaza el concepto para ser solo música. Frente a este oleaje, la poeta Verónica Volkow modula una mirada reflexiva y denso desciframiento del paisaje, buscando reconciliar el peso del arte con el misticismo del silencio.

    El viaje continúa hacia el rigor formal y la mirada crítica, donde la tradición dialoga con la traducción y el nomadismo cultural. Francisco Serrano aporta una poesía de levedad exacta y geometría lírica, un ejercicio donde las formas se depuran para capturar el instante puro entre el vacío y la presencia. Francisco Segovia introduce una lucidez crítica y una poética del rastro, donde la palabra se vuelve naturaleza viva, bosque andado y traducción del mundo, buscando la raíz mítica bajo la superficie cambiante de los días. Víctor Manuel Mendiola comparece desde un rigor formal que no teme al juego geométrico ni a la contención clásica, construyendo un andamiaje donde erotismo y pensamiento se vigilan para conferir al verso una tensión cristalina. A esta estirpe se suma Mario del Valle, cuya presencia resguarda una lírica íntima, un canto elegíaco que prefiere el susurro en la penumbra al torrente verbal, replegándose hacia un silencio secreto.

    Un tercer frente asume la experiencia urbana y el compromiso con la palabra colectiva. Eduardo Langagne trae consigo la música popular, el ritmo conversacional y el aire de las plazas, demostrando que el poema puede ser refugio civil donde la métrica clásica se contamina del rumor callejero. En esa misma vibración, Sandro Cohen —venido de otra lengua para naturalizarse en el rigor de la poesía mexicana— aporta poemas nacidos de la inmediatez, el cuerpo urbano y la ironía cotidiana. Frente al asfalto, Hermann Bellinghausen modula la resistencia y el reportaje vital; su verso es un ojo abierto sobre la herida social y la periferia del país, donde rabia y ternura se trenzan para dar testimonio de un México profundo. Finalmente, Hilda Bautista comparece como una voz que buscó la fijeza de la confidencia y el lirismo de los márgenes, un trazo que nos recuerda que la memoria es también hospitalidad para las luces de fulgor breve.

    Esta muestra trazó una cartografía viva de afinidades y tensiones donde el desborde de Blanco, la lucidez de Volkow y la geometría de Serrano, Segovia y Mendiola se cruzaron con el pulso civil de Langagne, Bellinghausen y Cohen, o se replegaron en la discreción de Del Valle y Bautista. Mientras algunas voces se diluyeron sutilmente, otras hallaron su confirmación definitiva para sostener el andamiaje de nuestra literatura contemporánea.

    Es en la voz de Coral Bracho donde ese horizonte de juventud alcanza su cenit y se transforma en permanencia ineludible. Si su presencia en el encuentro fue discreta frente a su voz madura, su irrupción posterior en la poesía hispanoamericana ha fundado una de las poéticas más originales de nuestra lengua, magisterio consagrado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. Bracho demuestra una vocación terrenal y fluvial, rastro de agua viva que sigue respirando bajo la luz del rigor y confirma cómo la poesía en México supo ensanchar sus fronteras para siempre.

    Poesía de Michoacán

    Habiendo asentado la centralidad de Homero Aridjis como eje político y creador del encuentro, la tradición local halla en este apartado su zona de arraigo más íntima. El verdadero pulso de la comarca, la materia sensorial que sirvió de anfitriona a la modernidad del siglo XX, reside en el mapa de los poetas de Michoacán que comparecieron al llamado: Gaspar Aguilera Díaz, Luis Arceo Preciado, Alberto Barragán Degollado, Luis Girarte Martínez, Frida Lara Klahr, Francisco Javier Larios, Héctor Jaime Madrigal, Ramón Martínez Ocaranza, Anabel Rodríguez Cervantes, Tomás Rico Cano y Lourdes Villanueva. Salvo por las excepciones de Barragán Degollado, Girarte Martínez y la voz telúrica de Martínez Ocaranza —quienes desbordaron con mayor número de páginas el canon selectivo del encuentro—, todos figuraron con dos o tres poemas en la antología. Este rigor selectivo operó como una fijeza crítica: la captura de una identidad lírica que, lejos de aislarse en el costumbrismo, dialogó de igual a igual con el canon universal bajo la luz tamizada de Morelia.

    El recorrido por esta cartografía de la provincia se inicia en la solidez de sus pilares históricos y en el misticismo del paisaje agrario. Tomás Rico Cano comparece desde una poesía donde la permanencia del suelo y la memoria del agua adquieren dignidad sagrada, rescatando los oficios de la tierra con pureza formal. En una sintonía cercana, pero volcada hacia el rigor de la lírica clásica y el soneto, Luis Girarte Martínez y Alberto Barragán Degollado sostienen la arquitectura formal de la provincia: Girarte aportando la música de los patios andados y el fervor por el terruño; Barragán Degollado resguardando el laconismo y el peso de la tradición en relieves de cantera verbal. Estas voces demuestran que el paisaje michoacano no era una postal estática, sino una ontología del arraigo y una forma de resistencia contra la dispersión de fin de siglo.

    Frente a la solemnidad de la tierra, un segundo frente introduce el desgarro de la historia, la disidencia política y el quiebre de las formas tradicionales. Es aquí donde la figura de Ramón Martínez Ocaranza se levanta con la fuerza de un relámpago en la piedra de San Nicolás; su poesía, de un barroquismo subversivo y una rabia civil profética, convierte al verso en arma de resistencia. Ocaranza no canta a la provincia idílica, sino a la tierra que arde, fundando una poética del testimonio despojado que dialoga directamente con la posguerra europea de Tadeusz Różewicz o el lamento beat de Allen Ginsberg.

    A su lado, la experiencia íntima, el cuerpo y el erotismo femenino encuentran sus fronteras en las voces de Lourdes Villanueva, Frida Lara Klahr y Anabel Rodríguez Cervantes. Villanueva modula una lírica de la confidencia discreta; Lara Klahr aporta la tensión conceptual de una mirada que reclama el espacio como territorio de autonomía y exploración sensorial. A este coro se suma con lucidez Rodríguez Cervantes; su formación filosófica nicolaita se vierte en el rigor conceptual de sus piezas, avalado por el primer lugar en el concurso de la revista Punto de Partida de la UNAM. A través de «He agrietado la piel» y «En la hora de los sueños», su poesía comparece desde una fijeza reflexiva e introspectiva donde el cuerpo y el tiempo onírico son zonas de fractura que dialogan con la vanguardia joven del país.

    El mapa se completa con las modulaciones de la modernidad conversacional y la melancolía urbana. Luis Arceo Preciado introduce el pulso de la memoria íntima, donde lo cotidiano se vuelve elegía sutil y los objetos se cargan de gravitación afectiva. Por su parte, Francisco Javier Larios y Héctor Jaime Madrigal operan como navegantes de los márgenes y puentes generacionales: Larios desde un verso limpio, atento al ritmo respiratorio de la palabra y al asombro del paisaje; Madrigal trayendo la inquietud del tiempo, el rumor de la calle y la búsqueda de una transparencia que purifique las heridas del tránsito. En este conjunto, la poesía se entiende como refugio donde la lengua ensayó sus variaciones bajo el amparo de los portales coloniales.

    La exploración alcanza su mayor hondura en la presencia ineludible de Gaspar Aguilera Díaz. Su aportación no es solo un magisterio estilístico, sino la fundación de una poética autónoma donde el viaje y el arraigo con la ciudad se reconcilian. En su voz, Morelia se ensancha para volverse cosmopolita: el erotismo, la melancolía por las geografías habitadas y el pulso político de la resistencia latinoamericana confluyen en un verso de musicalidad impecable. Sus poemas operan como territorio donde la fijeza lírica se confirma por el misticismo de los trenes nocturnos, las estaciones bajo la niebla y la herida del viaje como retorno, demostrando que la verdadera patria del poeta es la memoria del deseo y el lenguaje. Es en esos altos vuelos donde consolida un tono inconfundible: una palabra que se desplaza con la ligereza del caminante melancólico pero cae con el peso de una revelación. Al final, su memoria permanece como testimonio vivo de que la poesía de Michoacán pertenece tanto a los inventarios regionales como al asombro universal; una bitácora donde conviven el jazz, la pintura, las notas de viaje y la certidumbre de que el cuerpo es el único refugio contra el paso del tiempo.

    El resumen de todo el Festival, de acuerdo al testimonio en la antología de Homero Aridjis, es que «esta selección de los poetas que concurrieron al Primer Festival Internacional de Poesía, que se llevó a cabo en Morelia del 17 al 23 de septiembre de 1981, intenta ofrecer un panorama escueto de lo que se leyó en esa ciudad en las sesiones nocturnas que tuvieron lugar cada día durante toda la semana. Incluye, también, ejemplos de materiales leídos durante las sesiones especiales dedicadas a la Poesía Joven de México y la Poesía Michoacana. Participaron en total 28 poetas extranjeros procedentes de 23 países y 37 poetas mexicanos. Hubo cerca de 35 horas de poesía en voz alta, en 19 idiomas, leídos en lenguas originales por los poetas y en traducción por los actores. Cada noche leyeron sus poemas seis o siete poetas, aproximadamente por media hora, aunque la última noche, del domingo 23, cada poeta leyó un poema. La mañana del sábado 22 fue dedicada a los poetas jóvenes de México, y la del domingo 23 a la lectura de los michoacanos».

    Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.

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